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Covadonga Huergo

Fui  testigo de los comienzos del Proyecto en el 2015 y todavía, a día de hoy, de la entrega, dedicación, sinsabores y lucha de mi hermana por sacar adelante el mismo, en un país donde a pesar de la buena voluntad, no le pone fácil cualquier iniciativa.

Madres adolescentes, fruto de un genocidio inhumano, que a veces son repudiadas por su familia por quedarse embarazadas, dan como resultado niños sin arraigo familiar, sin educación y obligados a trabajar a muy temprana edad para poder comer. 

Niños y niñas que quizá no conocen su rostro porque nunca se han podido ver en un espejo, que a pesar de su temprana edad igual tienen que caminar horas para poder llegar a la escuela, que desconocen lo que es un abrazo, un beso familiar, que a pesar de ser la única comida que disponen al día no empiezan a hacerlo hasta después de un rezo, que probablemente dispongan del uniforme y un par de camisetas como única vestimenta en su vida etc..etc…

En la escuela, han aprendido a sonreir, están ávidos de aprender, son obedientes, educados, curiosos y cantan y bailan en cuanto se les provoca un poco. Son puntuales, se preocupan de su limpieza y más en una época de pandemia como la que estamos viviendo y todo ello, en unas condiciones muy por debajo de la que conocemos. Así mismo, con los equipos de fútbol aprenden valores de compañerismo, disciplina y esfuerzo.

Pero por encima de todo, la generosidad tan absoluta por parte de los familiares que, a pesar de no tener qué comer, te regalan “bananitos”, te sonríen, te bendicen y, sobre todo, de esos niños que sin poder comunicarnos verbalmente, ya que su lengua es imposible, con su sonrisa lo iluminan todo.

Todavía, casi dos meses después de volver, no puedo dejar de agradecer una de las experiencias más bonitas que he vivido. He aprendido de la humildad de las personas, del calor humano, del agradecimiento, pero sobre todo, de la tenacidad, del esfuerzo, de la entrega, de la lucha y del amor que mi hermana pone en todo lo que hace y en especial en este Proyecto.

Gracias Inshuti y gracias hermana por permitirme compartir y participar. 

Cova

luz africa

Luz García

Hola a todos, me llamo Luz, soy maestra y vivo en Oviedo.

En septiembre he viajado a Ruanda con Ángela y otros amigos para conocer su Proyecto, por este motivo mi carta, para contaros un poco de esta gran experiencia. En mi visita al Centro Maternal “Inshuti” en Kibuye he percibido esperanza, emoción y agradecimiento en las niñas y niños, en las familias, y en todo el personal que allí trabaja. Y es que en un país en el que faltan los mayores de cuarenta años, en el que la imagen más común es una mujer joven con unos piececitos asomando por su cintura porque lleva un bebé a su espalda al mismo tiempo que usa una azada, limpia los arcenes de las carreteras, lleva agua o leña a su casa, en un país en el que según las estadísticas la mitad de la población tiene menos de quince años, el acceso a la educación es muy difícil sino imposible, abocándoles a trabajos infantiles y a un futuro que sin esta oportunidad saben que será incierto.

El Centro consta de tres aulas, una demasiado pequeña, en un edificio distinto del resto en la que no cabe una mesa de profesor. Las otras dos, separadas por un tabique que no llega al techo, más amplias con 30 “personitas” todos con su uniforme que usan todos los días durante tres años, se los hacen crecederos pero las camisas en muchos casos se ven desgastadas y rotas, es evidente que sería necesario tener un presupuesto para cambiar en algún momento, al menos, las camisas. Es cierto que estando allí alguna se cambió pero aunque baratas esto sale de un presupuesto ya muy ajustado.
Aún estando apretados o con las camisas desgastadas sonríen agradecidos cuando les dan un lápiz, unos colores, una libreta y se esfuerzan por escribir letras, números, cuentas,… Están atentos, concentrados y nos enseñaban sus tareas orgullosos y es que llegan emocionados a la escuela. Les encanta aprender, por supuesto jugar y deberíais verlos agradecer en silencio un desayuno y una comida, que en la mayoría de los casos será la única del día.
Hemos visto llegar a madres con sus hijos y abuelas con sus nietas pidiendo ser admitidos. Pero no todas las familias se acercan a la escuela. Y aquí comienza otro de los objetivos de este fantástico Proyecto.

Imaginaros un barrio en una colina con caminos de montaña y entre esos caminos de piedras y tierra roja, pequeños grupos de casas de adobe, sin agua corriente, con suelos de tierra de las que salían a saludarnos madres, abuelas, adolescentes y un montón de niños y niñas descalzos, con chanclas, con una sola chancla, de esas que nosotros llevamos a la piscina, con camisetas rotas y pantalones y vestidos de tallas siempre más grandes o más pequeñas de lo debido, que habrán llegado, ya usados, de otras partes del mundo.

Allí Ángela localizó a 5 niños de 3 y 4 años, habló con sus madres y al día siguiente irían a la escuela.

A las 8 de la mañana después de caminar media hora, tres cuartos de hora,…por aquellos caminos casi imposibles para mí, allí estaban, más aseados, con ropa de “domingo”, volantes de mil colores y camisetas y pantalones imposibles de describir pero sonrientes y emocionados con su primer lápiz, su primer rompecabezas y su primer desayuno.

Esto es una realidad que debemos mantener pero también avanzar ya que es la esperanza para unos niños y niñas que merecen la pena y sabéis por qué? Porque quieren aprender y quieren porque lo necesitan y quieren comer y quieren porque lo necesitan.

Desde mi vuelta algunas personas me han preguntado, que se puede hacer? Se pueden enviar lápices, juegos, ropa, material deportivo? Por supuesto! Pero lo que realmente necesitan es que les apoyemos económicamente.
En primer lugar para mantener el Proyecto, pero además porque debe seguir avanzando. Las aulas necesitan pizarras nuevas en las que puedan escribir sin que se rompan las tizas porque están agrietadas, necesitan materiales didácticos adaptados a ellos, que habría que buscar allí y pagar. No es que no sirvan los que se les envían pero incluso estos debemos ayudarles a clasificarlos y adaptarlos para utilizarlos. Necesitan una nueva cocina y por supuesto necesitan un depósito de agua, cuando preguntamos el precio unos 700 euros y por qué no un par de duchas, mejorarían algunos de sus problemas sanitarios y beneficiarían a la higiene general.

Otro de los grandes logros de este proyecto es que la mayoría de los productos y materiales que consumen son los suyos y esto es extensible al personal docente ya que es evidente que son ellos los que deben enseñarles, así como las cocineras, que a su vez se encargan de la limpieza.

Sé que muchas de las personas que hemos estado allí seguiremos apoyándoles con nuestra presencia, pero también económicamente con lo mucho o lo poco que cada uno pueda, mensual, anual o esporádicamente, pero también estoy segura de que cualquiera que conozca este Proyecto tan especial no podrá dejar de hacerlo.

Muchos de nosotros ayudamos o hemos ayudado a organizaciones de ámbito local, internacional y esta genial, pero cuantas veces hemos pensado que todo resulta demasiado impersonal.

“Inshuti” es personal y tiene nombre de niño y de niña: Mutesi, Chance, Jean Paul, Thierry, Hadiya, Queen,…y también de profesor: Dative, Mary Jean, Joselyn, Dieu Donne y sí, quieren nuestra ayuda y la quieren porque la necesitan.

Un saludo para todas y todos los que formáis parte de este fantástico Proyecto y para todos los que os decidiréis a hacerlo y GRACIAS Ángela por hacerlo posible.

Luz

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María Huergo

Hola, me llamo María Huergo y tengo 17 años, aunque mi experiencia en África fue con 15; mi tía Ángela fue la que me dio esta enorme oportunidad de conocer el mundo y sobretodo de darme cuenta de cómo es éste en realidad.

Yo fui en septiembre de 2018, estuve en Rwanda, más concretamente en Kibuye, un pueblo muy bonito, justo en el lago Kivu.

Yo llegué allí (no voy a mentir) con un poco de miedo, no sabía cómo sería eso. Una vez allí descubrí lo buena que era la gente, como apreciaban tanto cualquier gesto que tuvieras con ellos y como aprecian todo lo que le das, por más mínimo que fuera. Me daba mucha pena ver en la situación que estaban, a veces me sentía impotente por no poder hacer casi nada por ellos, pero también veía toda la escuela (en este caso en la que yo estuve) y me enorgullecía mucho poder formar parte de ello, jugábamos con los niños, enseñábamos a los profesores y conocíamos a la gente del pueblo, a las costureras, a las que estaban en los puestos, incluso nos dieron unas clases de tenis!

Para mí fue una experiencia inolvidable, enriquecedora y sobretodo hizo que me diera cuenta de la suerte que tenemos y de lo poco que lo valoramos, también que con poco se puede hacer mucho. Solo puedo decir que tengo muchas ganas de volver, poder ayudar un poco más y ver cómo todo va a mejor.

María

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Luisa Fernanda Bravo

Hola a tod@s yo soy de las que fuí y os puedo asegurar que volveré porque no dejo de pensar en ellos, porque Rwanda engancha, porque no es solo el país de las mil colinas y del millón de sonrisas es un baño de realidad que te deja huella para siempre, porque hay un antes y un despues de ese viaje…te llena el alma. De verdad es una oportunidad para crecer, para sentirte útil, volverás con mil historias que contar, con mil imágenes, con mil recuerdos y el corazón lleno de amor por esos niños, conoceréis sus nombres, sus caras y su historia y no puedes por menos que hacerlos tuyos…

Gracias Angela por ser el motor de todo esto, te debo la experiencia mas hermosa de mi vida, cuenta conmigo siempre.
Un abrazo.

Luisa Fernanda

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César Fernádez

En marzo de 2019 tuve la grandísima suerte y oportunidad de acompañar Ángela Huergo a Kibuye, un pueblecito situado a orilla del lago Kivu en Ruanda para colaborar en su maravilloso proyecto. El nexo que me permitió conocerla y conocer su proyecto fue la amistad con su hermano y cuñada Joaquín y Olga y en especial por un video de niños que me enseño su sobrina María de su viaje a kibuye. He de agradecer a Ángela y a su hija Maite su grandísima generosidad, amabilidad y cortesía por acogerme en su casa y tratarme como si fuera uno más de su familia.

Llegado allí me encuentro con un maravilloso proyecto de educación el cual ha creado Ándela sin ayudas gubernamentales de ningún tipo, Ángela hace magia, magia con las aportaciones de amigos, familiares y amigos de amigos. Niños deseosos de aprender y superarse, y madres involucradas en la formación de sus hijos conocedoras de la importancia de la educación intentando un futuro mejor para sus hijos. Me resulta muy difícil transmitir todo aquello que viví durante todo ese mes, son muchas sensaciones, muchísimas, jamás experimentadas y sentidas a la vez.

Recuerdo la sensación tan brutal del primer día cuando al llegar a las clases y ver a Ángela todos los niños se levantaron de sus sillas gritando…¡¡¡¨mama Ángela¨!!! (pues es así como allí la conocen) y la alegría de los profesores, fue súper emocionante ver como todos los niños querían abrazarla.

Al día siguiente, en la hora de los recreos, tuve esa misma experiencia, todos los niños querían tocarme y abrazarme, jugar conmigo, me sentí como el Flautista de Hamelín.

Allí encontré las miradas y sonrisas más bonitas y sinceras, la alegría más auténtica pese a sus penurias, la generosidad verdadera, el cariño, la ternura, las ganas de aprender y superarse, la amistad verdadera, pero también me encontré con malnutrición, falta de oportunidades, pobreza, miseria y desigualdades e injustica social, miradas durísimas de mujeres violadas y maltratadas durante el genocidio pero que poco a poco empiezan a sonreír. Por eso me cautivo el proyecto de Ángela, un proyecto de educación y alimentación para dar una oportunidad a los niños, esos niños que serán el futuro de África. Un proyecto donde no se teoriza sobre los problemas de África, es un proyecto totalmente práctico y trabajo de campo 100%.

No soy nada espiritual, ni mucho menos, pero todas esas sensaciones y experiencias vividas llegaron a mi alma, es muy difícil de explicar pero he de confesar que ha sido la mejor experiencia vital de mi vida exceptuando el nacimiento de mis dos hijos.

Otra sensación que encontré fue…Paz. El contacto con los niños del proyecto, sus madres, los niños de las colinas y sus familiares…la carencia de maldad y la bondad que desprenden genera una brutal sensación de paz. La maravillosa sensación de ayudar a los más vulnerables, rescatando a niños en las colinas y ofreciéndoles ayuda, educación y alimentación. Paz también al final de la jornada de trabajo, viendo como el sol se pone en el horizonte sobre el Congo y lago Kivu, inmerso en un absoluto silencio y saboreando una cerveza africana bien bien fría.

Esos niños merecen una oportunidad y os diré que estoy seguro que en este mi primer viaje recibí más que di.

África atrapa, prometo volver.

César

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Beatriz Ruiz

Llevo años trabajando en solidaridad con ese hermoso continente, África. Ahora y muy orgullosa por ello, pertenezco a Inshuti.

Cuando mi querida Ángela Huergo me citó para viajar a Ruanda no lo dude ni un momento. Ella ya estaba allí, ella no puede sentarse a ver pasar la vida, ella ya se había comprometido para ayudar en una colina muy desnortada en el Lago Kivu. Fue un tiempo maravilloso en todos los sentidos, pude constatar subiendo y bajando aquella colina que ella estaba haciendo las cosas muy bien, con rigor y con amor, ese amor que pone ella en la vida, ese rigor que la caracteriza.

El término “justicia social” es uno de los motores de mi vida, en Kivu se estaba llevando a cabo, no por caridad, en absoluto, es por el convencimiento de que ellos y ellas, niños, niñas, mujeres y hombres, necesitan, mucho más que nosotros, de ese empujón. Estoy convencida de que la educación es la más fundamental herramienta para salir adelante, y en África también. Procurársela será, sin duda, darles la posibilidad, si todo va bien, de que puedan tener un futuro.

Desde nuestro lado del mundo es difícil imaginar un niño o niña sin colegio, sin sanidad, sin un plato de comida al día. Sí, somos unos privilegiados, lo somos sin duda, de ahí mi convencimiento para apoyar Inshuti y ese pequeño, gran proyecto. Lo vamos a conseguir, seguro, todos y todas juntas entregaremos algo de “justicia social” en ese rincón perdido de África. No esperaremos medallas pero sí, y con esperanza, ver crecer y educarse a esos pequeños y pequeñas, ese será nuestro premio, ese será nuestro mayor logro como Seres Humanos.

¿Te apuntas a ello?. ¿Te anexionas con la Justicia Social?. Os aseguro que recibiréis mucho más de lo que aportaréis.

Beatriz